La «paloma» preferida de Nikola Tesla

El científico serbocroata Nikola Tesla (1856-1943) tenía por afición alimentar a las palomas, ya fuese en el parque o atrayéndolas a la ventana del hotel de turno donde residía. Solía embaucar a las que estaban heridas para poder curarlas en su habitación una vez cogida la debida confianza. Lo de esta especie pudo llegar a convertirse en una obsesión tras perder el contacto con la naturaleza donde ya cultivaba esta pasión por las aves de todo tipo: «Me gustaba dar de comer a las palomas, a los pollos y a las demás aves, tenerlas en brazos estrecharlas contra mí y acariciarlas».

Cuando ya pasaba de los sesenta años de edad, conoció a su paloma preferida. Por entonces el científico se hospedaba en la habitación 1607 del hotel St. Regis de New York. Según sus allegados la paloma no era otra cosa sino una tórtola, una hembra blanca con motas grises en las alas. Tesla sabía diferenciarla de las demás y cuenta que aparecía allí donde iba. Llegó a cogerle tal cariño que, se dice, se gastó dos mil dólares en una prótesis para que sanase el ala y la pata rota, además de idear un apoyo ortopédico para su curación. Hablamos de un hombre que cambiaba de hospedaje cada pocos años dejando deudas a su espalda, por lo que no podía tratarse del capricho pasajero de una persona rica, todo apunta a que su interés era más bien empático.

Tan estrecha era su relación que en palabras del inventor: «me bastaba con evocarla y aparecía volando a mi lado […] quería a esa paloma y ella me quería a mí […] Aquella paloma lo era todo para mí. Si me necesitaba, dejaba de lado cualquier otra cosa. Mientras la tuviera cerca, mi vida tenía sentido». En una ocasión en la que, encontrándose indispuesto, no pudo acudir al hotel, ordenó a su secretaria que llamase a la camarera de la planta para que fuese a alimentar a la paloma. Y si enfermaba, Nikola se pasaba días junto a ella en su habitación llena de alpiste sin ir al despacho.

Aspecto de Nikola Tesla en sus últimos años.

Una noche de 1922 la paloma entró volando por la ventana abierta de su habitación y se posó en el escritorio. Nikola, que se encontraba a oscuras tendido en la cama, pensativo, se levantó e inmediatamente fue a su encuentro entendiendo que lo necesitaba. Con solo mirarla a los ojos supo que se estaba muriendo. Esta revelación y el dolor que sintió entonces fue testimoniado en sus últimos años de vida mientras vivía en el Wyndham New Yorker Hotel, donde finamente fallecería por una trombosis coronaria debida a la edad. En el momento de hablar estaba reunido en el vestíbulo del hotel con el miembro de la sociedad espiritista John O’Neill y el colaborador científico del The New York Times, William L. Laurence. «Cuando la paloma murió, algo murió dentro de mí», se sinceró Tesla a sus interlocutores. «Hasta ese momento estaba seguro de que completaría mi obra por ambiciosos que fueran mis propósitos. Cuando aquel animal salió de mi vida, me di cuenta, sin embargo, de que también había concluido mi afán».

Tesla envolvió al ave en un paquete y se la entregó al mecánico Julius C. Czito para que la enterrase en su parcela de las afueras de la ciudad. De este modo podría visitar su tumba. Sin embargo, una vez realizada la tarea, Tesla contactó por teléfono con el mecánico para que se la trajera de vuelta porque se le había ocurrido una idea mejor. Nadie supo nunca el destino de aquella paloma.


Referencias

Margaret Cheney, 2010. Nikola Tesla: El genio al que le robaron la luz. Editorial Turner. ISBN EPUB 978-84-15427-28-5

Carol Dommermuth-Costa, 1994. Nikola Tesla: A Spark of Genius. Lerner Publishing Group. ISBN: 978-0822549208

Imagen principal. No he conseguido localizar el origen pero se trata DE UN MONTAJE a partir de la fotografía más famosa de Nikola Tesla.

Imagen 2. Pinterest.

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